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ATARDECER EN LOS CAMPOS DE ESPAÑA

 

Son las ocho menos diez de esta tarde de sábado, estoy volando mi torzuelo de halcón en “el cerro del loro” finca de campillo.

Atardece y el cielo está entre nubes y claros, hace frío, y el aire de la sierra sopla, nos sacude, gélido y seco, el campo a mis ojos se va transformando en quietud.

Mientras mi halcón se ceba sobre la paloma que acaba de capturar, mientras come, contemplo la bella imagen otoñal; las grises nubes arrastradas por el viento, las primeras avefrías, el bando de sisones que levanta un vuelo corto y tímido ante el próximo crepúsculo.

Como a un km se encuentra un dormidero de grajillas y estorninos , los cuáles lentamente se van acercando al enclave, bien en bandos o bien por parejas, llevan pasando sobre mí aproximadamente una media hora.

Los tordos se han reagrupado ante estos inmensos prados para hacer acopio de su último bocado antes de la fría noche que se avecina.

Al ver a mi halcón se han levantado y al final del llano casi llegando al dormidero se han voleado, parece como si se resistieran a perder la actividad y el calor del día.

De pronto, mi torzuelo, como si de una estatua de pedra se tratara, se queda aplastado sobre la paloma que aún pelaba, mira al cielo inmóvil… ¿qué ve? Son tantas las aves que van rumbo al dormidero. ¿Qué podría ser?.

Conocedor de sus movimientos y gestos comprendo que por su inmovilidad, contempla a un serio competidor al que teme, busco, escudriño en el frío y nublado cielo, en la misma dirección que la mirada del halcón , encuentro un ave de mediano porte que se aproxima tomando altura, dando tornos, pausadamente, como, si todo el bullicio que mueve el campo en el atardecer hacia las querencias de la noche no fueran con él.

Algunos estorninos se vuelven, otros dan la voz de alarma y le esquivan ganándole en altura, mientras tanto, mi halcón y yo le espiamos permaneciendo inmóviles, sin perder detalle de su batir de su dirección. Por su tamaño y color de pluma adivino que es un torzuelo pollo de azor que ha salido de un pequeño pero frondoso pinar que hay aquí mismo.

Nos pasa cerca, bajito, inalterable, se aleja y de nuevo dando tornos , gana un poquito de altura, el aire le mece, le acompaña, él sube y baja a su antojo, como si el aire se apoyara.

A su lado pasa un bando de grajillas hacia el dormidero, ni siquiera las ha mirado, sigue subiendo y cuando alcanza unos cien metros de altura observo que acelera, que incrementa la velocidad de su vuelo, que empieza a descender, al instante comprendo que esa bajada vertiginosa, tiene como protagonista un vencedor y un vencido, una muerte t una vida, sigue descendiendo y en escena aparece una grajilla que vuela bajito, esquivando, el frío viento, a unos diez metros del suelo separada de las demás, no reacciona, no ve como se le aproxima la muerte a velocidad de vértigo, solo piensa en llegar al dormidero, un día más, como se la batalla de otro duro día estuviera ya superada.

Para no perder detalle, salto, me incorporo, y es en ese momento, cuando la grajilla se da cuenta de lo que se le viene encima; rápidamente cambia el sentido de su vuelo, intenta coger velocidad bajando hacia el suelo y lo consigue, pero no es lo suficientemente rápida, los ataques del joven azor a derecha ya izquierda se suceden a gran velocidad; abro mis ojos deseando ver el final, sin perder detalle, observo como la grajilla intenta volver a coger altura, como si quisiera alcanzar el cielo en un segundo, atrapar el sol que se ha escondido hace escasamente media hora, intenta subir, pero el que viene detrás de ella enturbiando su paz baja a muchísima velocidad, se a catapultado por así decirlo sobre su presa y nada ni nadie parece poder evitar ese fugaz rayo de vida.

Es en esa subida desesperada con un último quiebro hacia ya el próximo fresno de río cuando viendo las seguras y frondosas ramas del árbol intenta ganarlas subiendo, el joven azor en una exhibición de vuelo la captura sin apenas esfuerzo y ambos caen ante el cauce del río, gritos de terror y otra vez el juego de la muerte y la vida, el vencedor y el vencido.

Casi anochece y pasan los últimos estorninos sin dejar de mirar hacia atrás y dando todavía el grito de alarma, salvando, salvando la llanura, prestos a alcanzar el hoy tan deseado dormidero, todavía temerosos , resistiéndose a ver la cruel realidad.

Observo a mi halcón que todavía mira en dirección al competidor que en este momento reposará en una rama dando cuenta de su presa. Por un instante, él también me mira y de nuevo puedo leer en su mirada… el campo, la vida y la muerte, tal vez con su mirada quiere decirme (hoy no he sido yo su víctima) , puede seguir comiendo tranquilo o tal vez se encuentra tan complacido con su paloma como el joven azor con su presa; yo para mi pienso. Cuanta armonía y a la vez cuanta agresividad en éste como en tantos otros atardeceres de nuestros campos de España.

La vida misma viene y se va con cada día que pasa, y muchos no lo sabemos apreciar.

Gracias a ti joven azor por este momento que me has brindado.

Pedro Luis García Aldea.

Villalba 5 de Mayo del 1996